martes, 20 de noviembre de 2012

Tracción a sangre - Takehiro Ohno

Descendiente de samurais, siempre soñó con tener un protanca y vestirse de jockey.


Por Pamela Bentel
Fotos: Alejandro Lipszyc
Producción: Lulu Milton
Difícilmente alguien imagine al apacible cocinero nipón de la tele, vestido de jockey y amante de las carreras de caballos. Y no faltará la agazapada cuota de morbo que haga suponer que descubrimos su lado más oscuro, el de empedernido burrero. Error: nada es tan lineal, y menos cuando se trata de un japonés. A Takehiro Ohno le apasionan los caballos de carrera, pero desde una visión mucho más oriental y poética que la del vil metal. Populares en Japón, las carreras de caballos son un evento deportivo usual. Ya de chico, con su padre, solía visitar haras. A los 20 iba con amigos a ver carreras para alentar a un caballo favorito, como si fuera un equipo de fútbol. Y, según nos cuenta, disfruta especialmente de ir a los establos y compartir ese momento tan particular de la previa, viendo a su caballo elegido prepararse.
Su afición es percibir qué pasa por la mente del animal al momento de la carrera, cómo siente. Conocer el misterio de la naturaleza de la genética perfecta. Esa, que en combinación exacta, hace a algunos ganadores y a otros no. Entender la química única entre el caballo y su jinete. Filosóficamente hablando, descubrir lo que a simple vista no se ve. Y queda claro: a Ohno le hubiera gustado ser jockey. De hecho, su gran sueño puede resumirse en tener una yegua y criarla desde potranca para competir.
"Siempre fui un poco raro, ya desde chico”, advierte, con una sonrisa que está al límite entre pedir disculpas y asumirse. “Retraído, siempre tuve que hacer un esfuerzo extra por integrarme. De chico no la pasé bien”, reconoce. “Pasaba desapercibido, no existía". No le gustaba el baseball y eso, muchas veces, lo dejó afuera de los grupos. "El click recién lo hice en la época de la universidad, cuando me puse a jugar rugby. Necesitaba mostrarme".
Un samurai en España
Hijo de un director de hotel vivió en quince ciudades distintas y cambió doce veces de escuela durante su infancia y juventud. Un ir y venir capaz de alterar hasta al más tranquilo. De sus días de hotel, además de ser su lugar habitual de juego, recuerda que más que el distinguido traje de su padre, lo deslumbraba la chaqueta del mejor amigo de éste: el chef del hotel. El quería tener una igual.
El influjo gastronómico también le llegó por parte de su madre, repostera. "Trabajaba en una panadería y repostería alemana y, cada vez que la visitaba, la ayudaba."
De los sabores de la infancia, el que más atesora es el de las empanaditas chinas de su madre. Cuando se reunía la familia abundaba la comida china, influencia de su abuela materna, que había impregnado de esos aromas a sus cinco hijas, entre ellas su mamá.
Ya de joven estaba decidido a dedicarse a la cocina, pero con una educación tan severa y tradicional, no había más opción que no obtener un título universitario. Así que estudió nutrición, y además cocina. Dos años en cocinas de hospitales le alcanzaron para sentenciar hoy: "Era un asco, triste. Lo contario a comer rico".
El encuentro con un cocinero español lo definió. Su clase de cocina vasca, ambientada con una aria de la ópera Carmen, fue un verdadero sacudón: "Logró conmoverme y ahí elegí a mi maestro. Porque el alumno siempre es quien elige a su maestro para recorrer el camino". Y en sus palabras se advierten los destellos de una filosofía oriental que lo marcó en lo más profundo de su ser.
Un día partió a España, para entender de raíz, la esencia de la cocina que lo había enamorado. Dos largos años duró la pasantía en el afamado restaurante 
Zuberoa, en el país vasco. "No hablaba ni una palabra de castellano, y menos aún vasco. Me sentía inútil y sólo trataba de entender su forma de pensar, sus vidas... No hubo un sólo día, en esos dos años, que no pensara en volver. Pero puse lo mejor de mí, por respeto a mi maestro." Y otra vez resuenan los ecos de su estirpe samurai, con una educación a prueba de distracciones. De hecho, como tataranieto de uno de los últimos samurais confinados a las provincias del norte de Japón, su crianza estuvo signada por valores como el sacrificio, el honor, la lealtad y la lucha constante.
Asados, fútbol y PlayStation
Su formación lo lleva a pensar que todo tiene un por qué y que cada cosa conlleva irremediablemente un proceso. Proceso que, aunque a veces doloroso, tiene un salida al final del túnel. Como dice, "siempre el cielo te mira y algún día llega tu momento".
Tres años más debió estar en España pata decidir finalmente que ése no era su lugar en el mundo. Otro encuentro fortuito -o destinado-, esta vez con su gran amigo Fernando Trocca, fue origen de la sugerencia de venir a un país tan lejano como la Argentina. Así, al mejor estilo Calamaro y con ceremonia incluida, quemó su permiso de trabajo español y se lanzó a la aventura, sin mirar atrás."En la vida siempre apostamos, y yo quería empezar de cero. Era el desafío de mi vida". Entre líneas se lee que ese desafío era encontrar un hogar.
Ama a la Argentina y, a veces, le da lástima saber que en realidad nunca será totalmente argentino. Pero acá encontró el punto geográfico para ser y estar, sin tener que actuar, sin asumir posturas. "Yo quiero estar natural, y eso me enseñó la Argentina".
Entre las costumbres adoptadas, están, claro, el fútbol y el asado. Hincha de Boca, le encanta ir a la cancha, aunque ahora casado y con hijos tenga menos habilitada esa salida. A la parrilla, gusta de mollejas, chinchulines y entraña, “aunque sólo hago asado en mi casa”, confiesa. "Hacerlo fuera, para otros, lo sentiría como una falta de respeto, para con los verdaderos argentinos. Hay que saber manejar bien los tiempos, controlar el fuego, no es así nomás".
Medido, respetuoso hasta del más mínimo detalle, se lo intuye noble. Como padre, reconoce que no es muy demostrativo, ni de jugar. Tampoco le interesa particularmente que sus hijos hablen japonés. “
No los quiero marcar”, dice, y en pocas palabras muestra quizás su forma más elocuente de rebelarse a su propia historia. “Les deseo, por sobre todo, salud. Todo lo demás se consigue con sacrificio y esfuerzo”. Quizás por eso no los deja ganar tan fácilmente cuando juegan a la PlayStation. No sólo porque no le guste perder a nada, sino también porque cree que el camino difícil, con más pasos y que más cuesta, hace que uno valore más la llegada. Esa es su enseñanza para con ellos.
Hace un tiempo cerró su restaurante. Sintió que era tiempo de estar más con la familia, y a su vez de trasmitir sus conocimientos y experiencia viajando por Latinoamérica. “La cocina es cultura, y yo quiero ser un puente”. Así dice Ohno. Siempre listo para una nueva largada.