jueves, 23 de septiembre de 2010

Materia condensada

Criticar a Ferran Adrià es la causa de ser de la cada vez más numerosa corriente gastronómica que se aferra a la interpretación literal del refrán «al pan, pan y al vino, vino». La complicada viabilidad comercial de El Bulli ha destapado fobias y desatado un concurso entre articulistas al mejor ripio en contra del cocinero. Los partidarios de la dieta única a base de legumbres y cerdo, aferrados a la tradición, bromean sobre las zarandajas moleculares, las espumas, los gases y las esferificaciones, como si Adrià sólo fuera un cocinero.

Si la discusión en torno a su cocina se ciñe a los criterios de relación calidad/precio, lo de Adrià es una estafa, pero contra sí mismo.

Si se atiende a lo que ha hecho o supuesto y supone este personaje, sus detractores agotan sus argumentos en la cantidad de las raciones.
Sin embargo, Adrià ha llegado hasta Harvard y ha convertido la cocina española en una de las motivaciones turísticas más rentables desde que se alumbró el «Spain is diferent». Adrià ha ocupado portadas en la prensa internacional a las que Zapatero y Rajoy sólo aspiran en sueños.

Adrià es considerado en el resto del mundo el mejor cocinero y un genio a la altura de Dalí. Llegados a este punto, se puede insistir en que la deconstrucción de la tortilla de patatas no es para tanto, pero lo que es irrefutable es la importancia objetiva y el relieve de Adrià, así como el hecho del beneficio que supone para el sector de la hostelería el que un recóndito bareto de bravas pueda suponer para un guiri haber encontrado las fuentes del Meekong, pero en gastronomía.
(continua)

Fuente: ABC